«Hablo en nombre de la vida»

De todos los géneros, son la novela, la nouvelle y el cuento los que más eficazmente sirvieron a Trigo para ejemplificar su postura ante la vida y ante la realidad. Postura que expondría de forma más evidente en diversos ensayos, como El amor en la vida y en los libros (1908) y que se sitúa abiertamente en el progresismo social de la época. Y es que, el prejuicio del componente erótico en la obra narrativa de Trigo ha sido un lastre que ha impedido comprender que sus escritos querían funcionar como reformadores sociales de una España con un sistema de valores caduco. Más que una preocupación por la política, el autor extremeño reflejaba una preocupación por el hombre y la mujer en la sociedad.

De esta manera, somos capaces de advertir en sus relatos que no pretendía hacer una descripción realista, sino una disección didáctica al presentar situaciones y personajes que, a través de sus pasiones, dieran muestra de su deformación sentimental, la desigualdad sexual y la injusticia que rodeaban (y aún rodean) al mundo de las relaciones humanas, las que, al fin y al cabo, configuraban la realidad social del momento. Así, en El odio es amor inverso encontramos prostitutas, chicas que no pueden disfrutar del amor, la repercusión que puede tener una violación en la vida de una mujer, el aborto, o el cuestionamiento de los roles masculinos o femeninos aprehendidos a través de la moral.  Lo que encontramos es una suerte de espejo cóncavo donde la sociedad puede observar sus propios defectos ampliados y así analizarlos detenidamente.

2 lion d'or 1933

Podemos decir que lo que perseguía Trigo era una liberación erótica y sexual, que abogaba por una moral amorosa nueva, libre de los convencionalismos sociales o religiosos que impedían, sobre todo a las mujeres, disfrutar de su juventud, de su vida y del amor. Así lo plasmó en su obra, que terminó por alcanzar un éxito debido, más bien, a la interpretación errónea y despojada del carácter reformador próximo a las ideas noventayochistas.

¿No eran estos valores progresistas un destello anticipado de lo que hoy en día aún cuestionamos en nuestra sociedad? ¿No son estas ideas las que siguen preocupando a muchos en la actualidad? ¿Fue quizás la frustración de ser considerado como un simple escritor erótico la que empujó a Trigo al suicidio?

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«Hoy me pego un tiro»

Estas son las palabras textuales de uno de los personajes más característicos de esta antología y, probablemente, lo que el mismo Felipe Trigo debió de pensar el día que decidió poner fin a su vida.

Sobre los motivos que le llevaron a tomar esta decisión existen muchas teorías, aunque ninguna puede afirmarse por completo. El periodista González-Ruano, en sus memorias, relata su recuerdo de Felipe Trigo describiendo su forma de vida como «vivir a lo artista»: situado y reconocido, en una casa llena de objetos exóticos, cuadros, libros, grandes divanes… Si a esto le sumamos que fue en vida uno de los autores con mayor éxito de ventas del mercado literario español, solo superado años después por Blasco Ibáñez, resulta difícil pensar qué pudo motivar su suicidio.

Felipe Trigo pintado por Rafael de Penados

Sin embargo, es sabido que el autor extremeño padecía una enfermedad nerviosa (neurastenia, para los amantes de los términos científicos) que le producía cambios en el estado de ánimo, es decir, una leve bipolaridad. No cabe duda de que él mismo era consciente de esto, de ahí que padeciese un miedo turbador a perder la razón.

Días antes de su muerte, según trascribe Rafael Cansinos, este y Gómez del Moral, editor de Trigo, mantuvieron una conversación en la que el segundo decía: «No sé lo que le pasa… Le ha entrado de pronto delirio de grandezas…, ha montado un picadero en la calle del Pardo, una garçonnière, como se dice ahora, quiere comprar un automóvil… (…) No sé…, pero como siga así Felipe, le auguro una catástrofe. Va a ser víctima de su misma literatura (…)».

Dicho y hecho. La mañana del 2 de septiembre de 1916, Felipe Trigo entró en su villa de Ciudad Lineal, recorrió las estancias hasta llegar a la de su hijo, donde cogió el revólver que este guardaba, bajó a su despacho y se pegó un tiro, destruyendo así al que habría querido ser recordado como el autor progresista más leído de una época, pese a que pocos vieron en él algo más que un escritor pornográfico.

Nota de suicidio


 «A Trigo se le impuso aquellos días el suicidio, no solo como un alivio y como una sugestión inherente a la enfermedad, sino como un deber», Manuel Abril.