¡Feliz Día del Libro!

Editar un libro por primera vez es como un pequeño embarazo. Cuando empieza el proceso no sientes nada, quizás nervios, leves movimientos… Tienes ganas, estás eufórico. ¿Cómo lo llamarás? ¿Qué nombre no será motivo de mofa en el patio del colegio? De golpe te das cuenta de la realidad, poco a poco empiezas a preocuparte, ¿lo harás bien? Quieres que esté todo preparado y perfecto para su llegada, avisas a todos tus conocidos, les enseñas las ecografías, les cuentas tus dudas, tus emociones… Pintas la habitación, ¿debe ser ese el color? Y sin más, una mañana, después de tantas preocupaciones, noches en vela, y mucha ilusión, algo se rompe dentro de ti y… ahí está.

Cuando nos iniciamos en esta aventura estábamos emocionados. ¡Crear una antología? Teníamos el poder de decidir tantas cosas. Nos llenamos de responsabilidad. De miedos. Pensar un título. El nombre por el que todos lo conocerán. ¿Cuál sería el perfecto? Como ocurre en muchas ocasiones, la primera respuesta es la mejor. Y así fue, meses y meses de cavilaciones y, de golpe, ahí estaba: El odio es amor inverso. Nos costó verlo, nos costó decidirlo, pero todos sabíamos que sería ese. ¿Y ahora? ¿Qué imagen mostraríamos al mundo? Nada más que añadir, una imagen vale más que mil palabras:111222

Mujeres…, mujeres señaladas por una sociedad hipócrita que exige damas y quiere putas. Hombres…, hombres engrandecidos por la vanidad, pero enloquecidos por el amor y vacíos ante la ausencia de Ella. El sí y el no, el amor y el odio, de la mano y sin mirarse, atravesando una ciudad siempre dispuesta a juzgar. Relatos que hablan en nombre de la pasión y de la igualdad, pero sobre todo en nombre de la vida.

El odio es amor inverso. Antología de relatos

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Las nueve piezas de la antología

Imaginaos un puzle. Un puzle con el que, poco a poco, se dibujan imágenes. Pensad en esas piezas encima de una mesa, desordenadas. Son fotografías, o breves secuencias cinematográficas, escenas de la vida que, a fuerza de ensayo y error, van encajando, formando un mosaico de luces y sombras, de contrastes.

Mirad, una de ellas muestra a una mujer hermosa bajando por la calle de Montera… Sí, Montera, la que hoy conocemos como la calle de las putas. ¿Se habrá dado cuenta de que la persigue ese hombre?

Fijaos en esta otra pieza: una joven acaricia su vientre abultado, está a punto de dar a luz y al mismo tiempo llora desesperada, intentando mirar a través de las cortinas corridas de una casa de la que no puede salir… Oh, fijaos en esa pieza de allí, ¡un mirón!, ¿lo veis? Está espiando a una adolescente en paños menores detrás de un biombo en lo que parece la consulta de un médico… Y esa señora que está con ellos ¿quién es?, ¿su madre? Parece que no puede tener la boca cerrada… ¿De qué hablarán?

Continuemos. Aquí un hombre y una mujer, separados por una puerta… ella parece que llora, él que ríe…, pero no pueden verse. Allí un tranvía cruzando Madrid en el que un hombre orgulloso finge ignorar a una mujer aún más orgullosa. El mayor desprecio es no hacer aprecio, o eso dicen… Y este hombre, en un café madrileño, completamente absorto leyendo la carta de su amor imposible…

Solo nos quedan tres más: Un cuadro. La imagen del demonio encima de una chimenea, ennegrecido por el humo que sale de ella. Un hombre en un comedor a medio día, vistiendo un traje de noche, un frac, sorprendido de que todos se le queden mirando. Y una isla paradisíaca en pleno océano Pacífico, donde un militar aburrido observa el paisaje y se lamenta por la ausencia de las mujeres.

Estas nueve piezas construyen El odio es amor inverso, un libro sostenido sobre tres pilares temáticos: la vulnerabilidad de la mujer en una sociedad desigual, los extremos pasionales en las relaciones humanas y la hipocresía, la marginación y el aislamiento social en el choque cultural entre campo y la ciudad, que componen un sorprendente fresco de la España de comienzos del siglo xx.

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