«Hoy me pego un tiro»

Estas son las palabras textuales de uno de los personajes más característicos de esta antología y, probablemente, lo que el mismo Felipe Trigo debió de pensar el día que decidió poner fin a su vida.

Sobre los motivos que le llevaron a tomar esta decisión existen muchas teorías, aunque ninguna puede afirmarse por completo. El periodista González-Ruano, en sus memorias, relata su recuerdo de Felipe Trigo describiendo su forma de vida como «vivir a lo artista»: situado y reconocido, en una casa llena de objetos exóticos, cuadros, libros, grandes divanes… Si a esto le sumamos que fue en vida uno de los autores con mayor éxito de ventas del mercado literario español, solo superado años después por Blasco Ibáñez, resulta difícil pensar qué pudo motivar su suicidio.

Felipe Trigo pintado por Rafael de Penados

Sin embargo, es sabido que el autor extremeño padecía una enfermedad nerviosa (neurastenia, para los amantes de los términos científicos) que le producía cambios en el estado de ánimo, es decir, una leve bipolaridad. No cabe duda de que él mismo era consciente de esto, de ahí que padeciese un miedo turbador a perder la razón.

Días antes de su muerte, según trascribe Rafael Cansinos, este y Gómez del Moral, editor de Trigo, mantuvieron una conversación en la que el segundo decía: «No sé lo que le pasa… Le ha entrado de pronto delirio de grandezas…, ha montado un picadero en la calle del Pardo, una garçonnière, como se dice ahora, quiere comprar un automóvil… (…) No sé…, pero como siga así Felipe, le auguro una catástrofe. Va a ser víctima de su misma literatura (…)».

Dicho y hecho. La mañana del 2 de septiembre de 1916, Felipe Trigo entró en su villa de Ciudad Lineal, recorrió las estancias hasta llegar a la de su hijo, donde cogió el revólver que este guardaba, bajó a su despacho y se pegó un tiro, destruyendo así al que habría querido ser recordado como el autor progresista más leído de una época, pese a que pocos vieron en él algo más que un escritor pornográfico.

Nota de suicidio


 «A Trigo se le impuso aquellos días el suicidio, no solo como un alivio y como una sugestión inherente a la enfermedad, sino como un deber», Manuel Abril.